La ansiedad suele presentarse como un “exceso” de pensamientos o preocupaciones, pero en realidad también es una respuesta del cuerpo. Cuando el sistema nervioso percibe amenaza (aunque sea de forma automática), puede activar tensión, aceleración, irritabilidad o necesidad de control. Y muchas veces esa amenaza no está en el presente, sino vinculada a experiencias pasadas que todavía no se procesaron del todo.
Algunas señales frecuentes de alerta sostenida son: 1) dificultad para dormir o despertarte cansada/o, 2) sensación de tensión física constante, 3) pensamientos repetitivos o anticipatorios, 4) reacciones intensas ante situaciones pequeñas y 5) evitación (lugares, conversaciones o emociones) para no sentirte mal. Estas respuestas no son “capricho”: son mecanismos de protección que se vuelven agotadores cuando se sostienen en el tiempo.
Cuando la ansiedad se vuelve recurrente, conviene mirar el mapa completo: qué la dispara, qué la mantiene y qué historia emocional hay detrás. La psicoterapia puede ayudarte a regular síntomas y, al mismo tiempo, a trabajar la raíz del problema. Con un enfoque como EMDR, en muchos casos es posible abordar lo que quedó “atascado” para que el cuerpo deje de reaccionar como si estuviera siempre en peligro.


